viernes, 3 de enero de 2014

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Aquí me encuentro, de nuevo, un día más. Miro por la ventana. Ni siquiera llueve... el locus amoenus parece ser que solo ocurre en las películas de historias prefabricadas. Pero eso da igual porque, así, mirando hacía la esquina más recóndita del bloque de edificios de enfrente, me imagino finos hilos de agua que caen desde arriba. Incluso, si me concentro y entorno los ojos, parece que son reales, parece que no los inventa la mente. 

«No es real» «Y tú qué sabes» «Sabes que no es real» «Ya nada de eso importa»

Y, así, jugando entre la verdad y la apariencia... los sueños semejan reales, la realidad se me antoja dormida. 

La lluvia solo es excusa, mera patraña. Mi mente a veces es más lista que yo misma. Se adelanta. Va dos pasos por delante de mi consciente, creando así realidades fugaces como escapismo a verdades no dichas. 


Es curioso que precisamente sea la lluvia quien hile toda esta historia. Esa lluvia húmeda, mojada, triste, constante, lacrimógena y embelesada. 


Soy lluvia, lluvia que cae, lluvia que rebota y se amontona, lluvia revoltosa, lluvia pasajera, lluvia mansa y cautelosa, lluvia... y solo eso lluvia. 



Estridente. Fugaz. Eterna. 

Y es que siempre vuelve aunque no la llames; así, impermeable e indestructible, tan mutable como irreconocible. Pero no deja de ser agua, pero no dejo de ser yo. Así es mi mejor virtud y peor condena al mismo tiempo: lluvia... sencillamente lluvia que cae. 


Lluvia que juega entre lo que es y lo que no es. 


sábado, 14 de diciembre de 2013

Clave zafiro

***Aviso a navegantes: esta pseudo-crónica es aletoria, emocional y personal. No nombro el título como reto a mis posibles lectores. Si me conocéis posiblemente la identificaréis enseguida. Me disculpo ya ante posibles frases sin sentido si no se identifica la película, pero me gustaría que ante todo os quedarais con lo que estas lineas os transmitan y sencillamente disfrutarais de esa sensación como yo disfrute en esa sesión cinematográfica.*** 

Entras al cine con unas expectativas cimentadas en meses de espera y trailers en diferentes idiomas. ¡Por fin el tan esperado estreno!  Y la sala a reventar en contra de tus expectativas. Es entonces cuando decides que no será la última vez que esos planos desfilarán por delante de tus retinas.
Y ahí estás, casi dos meses después. Descubres por casualidad que todavía se mantiene la proyección diaria de la película. ¡No puedes creerlo! Al día siguiente ahí te presentas, con esos prudentes 10 minutos previos, mientras te cruzas con afanados seguidores que hacen cola para su pre-estreno de fantasía y elfos.
Es la última sala del largo pasillo. Piensas que no llegas nunca. Te acercas cada vez más despacio. Tus orejas se cuadran para averiguar si el andén está demasiado lleno o te subirás sola en este vagón azul. De nuevo te sorprendes, no eres la única alma solitaria en este viaje.
La película empieza tarde, pero no te importa. Disfrutas de ese momento de espera histriónica. Curioseas vagamente a tus compañeros de viaje y comienzas el aperitivo en un intento de calmar al monstruo que chilla agudo y nervioso en tu interior. Apagas el móvil. «¡No comunicación con el exterior por favor!». Sólo quieres evadirte en clave de zafiro.
Por fin las luces se apagan, ya nadie más está a tu alrededor. Ahí estás, dentro de la cabeza de Adele. Vas a clase, parloteas con tus compañeras, comes espaguetis con tus padres. Todo es como siempre. Así es y así será siempre.
Entonces ese chico se fija en ti. No puedes creértelo. No estás nerviosa, ¿deberías estarlo? Seguramente todavía estés en estado de shock. Déjate llevar. Sí...será lo mejor. Y así es como desembocas en tu primera cita. De camino estás nerviosa, te muerdes el labio, te rehaces la coleta mil y una veces, asco de pelo. «Un paso de cebra y ahí estaré». ¿Dónde?
¿Dónde estaré? Perdida en la inmensidad de esos ojos azules. Te cautiva en tal medida que incluso te detienes en medio del paso de zebra y te giras.
El claxón de los coches te libra de tu ensimismamiento. «¡Oh, mierda!». Decides no darle más importancia porque él se te aparece ante los ojos. Le sonríes con la mirada y vais a un griego.
Pero ya nada es lo mismo y tus fantasías nocturnas te lo desvelan una noche tras otra. Estás yendo por mal camino, ese no es tu camino. Y, por eso, decides volver a andar en solitario.
Y es el destino el que te da la razón cuando ESA noche la encuentras en ESE bar. Cuando se te acerca a la barra y te cautiva no solo con su mirada, sino también con sus palabras. De repente parece que le da sentido a todo y una burbuja se traza a vuestro alrededor y nada más importa ya.
Son entonces tiempos de idas y venidas, de encuentros fortuitos largamente meditados, de calidez, de pasear y hablar... de abrirte a un mundo del que sientes que ya no puedes escapar. Y esa tarde de hierba húmeda, tras un atracón de museo, es cuando notas que estás un poquito más cerca de ti misma, del mundo, de ella. Pero eres insaciable y no te conformas: necesitas beber más. Tienes sed de su olor, apetencia de corazón acelerado, hambre de su esencia safoística.
A partir de ese beso vespertino todo parece que encaja poco a poco. Ella te abre puertas a mundos que nunca atisbaste, en los que resbalas y titubeas, pero en los que siempre está ella para darte la mano y guiarte. Juntas, esa es la verdadera clave zafiro. Juntas os dais calidez la una a la otra. Juntas construís con esfuerzo vuestro propio camino al andar, porque no hay otra manera. Porque no hay ni Dios ni patria. Porque, cuando hasta la sangre reniega de ti, sólo te queda el sudor de tu frente para enfrentarte a este juego de luces y sombras que es el mundo.
Y así, cuando ya crees que te conoces a ti misma, es cuando tu propio cuerpo te sorprende, cuanto tu mente se deja llevar por impulsos artificiales, cuando incluso tu misma reniegas de tus errores. Cambias, casi sin querer, el sentido de tu vida por un instante de compañía ajena. Y ella no te lo perdonará, y lo sabes. Pero no puedes evitar llevar a cabo esa tu pequeña venganza personal a ese mundo elitista y parlanchín que tan pequeña te hace sentir a veces y que tanto admiras al mismo tiempo.
Pero ya lo sabías, y lo sabías antes de mover un músculo. Lo que no sabías era que de verdad estabas perdiendo el sentido de tu vida, porque ella era precisamente eso: tu vida.
Meses y meses huecos y exangües. Ni esas pequeñas caritas a las que dedicas ahora tu vida, a las que les enseñas a dar los primeros pasos te consuelan. Tú, que elegiste precisamente ser la Moisés de nuevas generaciones por el desbastado desierto capitalista, te encuentras perdida en un mar de arena, mocos y recuerdos azules.
Y tu vida sigue, pero hace frío. Decides dar un último hueco a la esperanza, volver a llamar a esa puerta. Una cafetería es testigo de vuestras lágrimas encontradas. Recordáis muchas cosas, pero también habláis del presente e incluso del futuro. Por un momento parece que nada ha sido real. Vuestros labios se buscan, vuestras manos se pierden. Pero la realidad es otra, y tú lo sabes: ella ya pertenece a otra familia. Ahora más que nunca eres consciente de que estás perdida, de que no te conoces, de que solo ella es el puente que te permite llegar a esos puertos.
Pero aún así, decides ir a ver su exposición de recuerdos muertos colgados de paredes blancas. Te rodeas de nuevo de esa gente extraña y para ti altiva, de ese arte hermoso y para el resto un negocio. Algunos hasta de reconocen, otro incluso te mira con un brillo en los ojos.
No te arrepientes de haber ido, pero no sabes si realmente debieras de estar en ese lugar. Por eso decides poner pies en polvorosa y volver a tu apagado apartamento, único testigo de tus lamentos. Enfundada en tu vestido azul y con el pelo suelto, notas la brisa que se cuela entre tus pendientes de aro cuando echas a andar por esa calle de casas de color blanco roto, queriendo creer que se hace camino al andar y que tus pasos te llevarán precisamente a dónde tu quieras llegar.
La pantalla se funde en negro. Te frotas los ojos y recolocas los huesos. Esos pasillos de salida y cemento se te antojan turbios. Una vez fuera, te refugias en la calidez de tu abrigo cuando el frío otoñal te despierta de tu ensoñación.
Ahora sólo te apetece andar y eso haces. Te lanzas a pasear sin un rumbo demasiado fijo.
No piensas, o al menos no te fuerzas. Dejas que las ideas vengan y vayan por tu mente; te sorprendes de tu propio subconsciente. Tarareas la letra de la canción cuyo bajo taladra en tus oídos.
Eres feliz, eres extrañamente feliz y no sabes realmente porqué, pero te da igual... porque se hace camino al andar. Y eso es precisamente lo único que importa en ese momento de paseo y soledad, de ida y venida,  de sentimientos y sensaciones, de recordar y olvidar, de pasar del azul al turquesa y no poder evitar sonreír. 


[Crónica de una sesión de cine improvisada]

viernes, 6 de diciembre de 2013

Otro día más

Y aquí nos encontramos otro día más. Mirando las estrellas, sintiéndonos pequeños ante la magnificencia del universo. Recurriendo a oxidados tópicos literarios para intentar escribir algo que bien por sublime, bien por mediocre, no es apto para ser transcrito en palabras mecanografiadas.
Reflexiones típicas de sujetos atípicos para una sociedad enferma y encarcelada en su propio narcisismo comercial. Fatuo destino, te sonríes ante nuestra infantil incredulidad... Sonrisa fácil como bando por el que siente debilidad Cronos.
Divagar... devaneos sin sentido... vergüenza ajena resumida en demasiadas pocas líneas.